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Rodando páginas 2020: ver libros y leer películas

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rodando páginas 2020

 

27/02/2020

Aún desconocía la razón por la que alguien había metido aquél extraño sobre en mi buzón. Se trataba de una invitación y el lugar no me era extraño; en mi cabeza se agolparon los recuerdos de muchas caras conocidas en decenas de encuentros anteriores. Así que, llegada la fecha, dirigí mis pasos hacia la Casa del Lector tratando de adelantar mentalmente lo que me iba a encontrar.

Me recibió Don Quijote. Lo reconocí enseguida a pesar de vestir un traje barato y llevar el maletín más desgastado del mundo. Nos miramos sin saber bien qué decir, hasta que el ingenioso hidalgo rompió el silencio:

    • ¿Ha visto Ud. por aquí a un tal Lang? Es de esta altura -dijo mientras situaba su mano aproximadamente a un metro ochenta del suelo.

Yo negué con la cabeza. Él abrió el maletín, extrajo una flor y me la entregó:

    • Es un narciso. Nunca se sabe cuándo puedes necesitar un abogado.

Mientras se alejaba, acerqué la nariz al narciso e inhalé con todas mis fuerzas, pero no olía a nada.

    • No sea bobo, esa flor fue arrancada hace mucho tiempo. No puede conservar el olor.

Si algo supe de primeras acerca de la mujer que acababa de enrojecer mi rostro, era que no pintaba nada allí. A no ser que allí se celebrase una reunión del brazo armado del Club Bilderberg. Por un momento pensé en responderle algo ingenioso para impresionarla, pero no pude. Mi maravilloso instinto de supervivencia lo hizo por mí:

    • ¿Sabe dónde es la reunión?

La mujer sonrío decepcionada y me hizo un gesto con la cabeza para que siguiera el pasillo.

A mitad del pasillo tiré el narciso al suelo.

    • Señor, perdone. Se le ha caído esto.

Me di la vuelta para decirle que no importaba, que lo había hecho adrede, que era solo una flor cortada, y que me dejase en paz porque nunca iba a llegar a la reunión, pero tropecé con unos sensacionales ojos verdes que sostenían el narciso hacia mí suplicando que lo cogiese. No pude hacer otra cosa que recuperarlo mientras sus ojos verdes me transportaban a otro mundo que desconocía. Lamentablemente, detrás de esos ojos había un niñato que tiraba de ella apremiándola a abandonar el lugar. Él tiraba fuerte y ella me miraba triste, como si la luz de sus ojos se estuviera apagando. A medida que se alejaba desaparecía por la oscuridad del pasillo y solo acertaba a ver dos luces verdes, cada vez más diminutas, extinguiéndose.

Cuando desaparecieron tenía a un niño cogido de mi mano.

    • ¿Te gustaría que te pintase las uñas de colores?

Él las tenía pintadas de color azul eléctrico. Miré mis uñas, mal cortadas, desiguales y algo sucias. Yo nunca me había planteado pintarme las uñas, pero viendo el resultado, lo tuve muy claro:

    • ¡Me encantaría!

El niño sonrió y me dijo que le esperase allí mismo, que no me moviera, que enseguida volvía con su padre y la caja de esmaltes.

Le observé alejarse y pensé en lo felices que son los niños. Digo lo pensé, pero no estoy seguro porque algo debí dejar escapar de mi boca. Si no, no es posible que aquella idiota me dijese lo que me dijo:

    • Has venido en metro, ¿verdad?
    • ¿Se me nota tanto? -respondí.

La chica lanzó una carcajada mientras se tapaba la nariz para decirme que apestaba a humanidad. Yo, disimuladamente, acerqué mi nariz hacia el sobaco y comprobé que necesitaba una ducha. O dos. Pero eso no era razón suficiente para que me despreciara de aquella forma.

    • ¿Estudias o trabajas? -le ataqué.
    • Estoy en segundo. Me llamo N.
    • ¿N? ¿N? ¿Ya está?

La chica que decía llamarse N se aburrió de mí y se fue. Yo quería matarla. Ninguna mujer me había despreciado así antes. Bueno, sí, muchas mujeres lo habían hecho. En realidad, todas.

    • ¿De verdad piensas eso? -dijo la chica de al lado.
    • ¿Cómo sabes lo que pienso? -respondí asombrado.
    • Se te ve en la cara. Me llamo Bea. ¿Y tú?

Por fin alguien me había preguntado mi nombre. Era extraño que hasta entonces nadie me hubiese pedido el carné o la invitación. Me apresuré a decírselo, pero pensé que mi nombre era poca cosa. Ella era una chica muy guapa, de unos 35 años, y pensé que Jacinto no era lo que esperaba. Así que comencé a elegir un nombre nuevo. Para esos casos repaso mentalmente el alfabeto, A, B, C, D… Al llegar a la J, de Jacinto, Bea se había evaporado. En su lugar, una extraña criatura de color rosa respiraba dificultosamente en el suelo. La toqué con un zapato esperando no mancharme. El bicho resopló.

    • ¡Qué cojones es esto! -grité.
    • Un buckson -se oyó.

Un chaval lo recogió del suelo y se lo llevó. No me sorprendió que ambos fuesen animaciones en 2D (¡ya nada me sorprendía!), por lo que al desaparecer decidí que ya era hora de entrar en la sala.

Estaba vacía. Solo en una de las butacas había una mujer sentada y decidí sentarme en la butaca de al lado.

    • Buenos días.

Ella no respondió. Era una mujer muy mayor. Me miró, abrió su bolso y extrajo una foto. Era una foto muy antigua de un bebé.

    • ¿La ha visto? Es mi hija. Me llamo Luciana.

Yo negué con la cabeza. Aunque la hubiera visto, sería imposible reconocerla. Todos los bebes son iguales y más en blanco y negro.

    • No le haga ni caso. Está loca.

Resulta que a mi izquierda ahora había alguien. Es gallego, tiene un acento inconfundible. Aparenta unos 40, pero parece mayor, demasiado mayor para su edad.

    • No haga caso a nadie. Dicen muchas tonterías.

El hombre se va difuminando hasta desaparecer, como si fuera recuerdo.

De repente, el micrófono se acopla y me tengo que tapar los oídos. En el estrado, un hombre tose para captar mi atención. Me da una calurosa bienvenida y me señala la pantalla con un puntero la+áser.

    • Como puede ver en este gráfico, los niveles de contaminación de la zona son similares a los que había antes del… digamos, del… incidente. Nuestra compañía siente mucho la trágica pérdida, pero la situación se encuentra bajo control. ¿Alguna pregunta?

Me sorprendo levantando la mano, pero el hombre no me mira. Es evidente que no quiere hacerlo. Yo me esfuerzo mucho y estiro el brazo, pero él da por concluida su explicación y se va.

Decido no bajar el brazo en señal de protesta. Una mujer que ocupa el sitio que antes ocupaba Lucrecia me mira fijamente y también levanta el brazo, solo que el suyo acaba en un puño cerrado. Me vuelve a mirar y sonríe, confiada, convencida de que tenemos razón. Ella y todas las mujeres que, de repente, han aparecido en cada butaca de la sala. La mujer se levanta puño en alto y hace un ademán al resto para que abandonen la sala. Las mujeres salen ordenadamente sin bajar el puño.

Reparo en que vuelvo a estar solo y lo agradezco. No soy capaz de asimilar lo que está pasando. El sonido atronador de un motor me saca de mi ensimismamiento y en cuestión de segundos una Triumph aparece poderosa en la sala montada por una pareja. Derrapan a lo largo del espacio tirando varias sillas, hasta que el piloto decide frenar a escasos metros de mi pierna izquierda. Él se quita el casco, ella no.

    • ¿Por dónde se va a París?
    • Supongo que por todos los lados -respondo sin pensar.

Él sonríe y decide hacerme una foto con una pequeña cámara que lleva colgada del cuello. Yo sonrío bobamente. Él vuelve a ponerse el casco, acelera y saca la moto de la sala dejando un fuerte olor a gasolina quemada.

De repente, se apagan las luces. Estoy completamente a oscuras hasta que la pantalla toma vida y comienza la proyección de un vídeo. Es casero, de esos que se graban con un móvil. Veo el primer plano de la cara de un joven que habla en un idioma extraño. Sé que habla en árabe, pero evidentemente no entiendo lo que dice. Ahora sí, ahora ya lo entiendo. Las manos de una mujer van escribiendo los subtítulos en castellano según va hablando. La pantalla se llena de palabras en amarillo: Revolución, tiranía, medios de comunicación, esperanza, primavera…

Son palabras hermosas que aun lo parecen más por la música de piano que las acompaña. Pero ese sonido no es del vídeo. Las notas vienen de otra parte. Me levanto y trató de orientarme en la oscuridad para descubrir el origen de tan bella melodía. Tardó un mundo, pero me da igual. La música es tan hermosa que merece la pena. Logró percibir un piano al fondo y lo que parecen dos pianistas, perfectamente acoplados, perfectamente sincronizados, tocando algo que en mi ignorancia musical diría que es de Chopin. Me sitúo detrás de la hermosa pareja hasta que suena el último de los acordes y se hace de nuevo el silencio.

Ahora sí. Ahora ya sé por qué estoy aquí. He sido invitado a ver libros y leer películas, a soñar con personajes de carne y hueso para desprenderlos de su propia tinta. Para eso me querían, porque saben que mi destino era rodar y rodar y que no hay mejor forma de empezar que rodando páginas.

 

 

PACO ROMERO

Guionista y Director de proyectos

El Gatoverde Producciones

 

 

 

 

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